Baviera y la maldición del segundo disco

Antes de escribir mi último post estaba decidida a volver con fuerza al blog, a postear cada semana, a no volver a abandonarlo. Después de escribirlo me sentí bien, pero una semana más tarde sentía que no podía escribir cualquier cosa, que tenía que subir el listón, que un post contando mi vida no valía. Me había autoimpuesto esa presión que deben sentir los grupos que, después de petarlo con su primer lanzamiento, tienen que sacar un segundo disco que esté a la altura de su predecesor. Estúpido por mi parte, puesto que este blog no lo lee ni el Tato y el post anterior fue una basura de relleno. Así que ahí vamos.


A mitad del mes pasado de septiembre pasé una semana en el sur de Alemania visitando a mi hermano que como otros tantos miles ha tenido que emigrar porque, como ya sabéis, en este país el trabajo es un animal mitológico. Estuve en Munich, Augsburgo, Neuschwanstein… en fin, en muchos sitios bonitos donde comen salchichas y beben cerveza. Ya pondré algunas fotos por aquí.


También hice una visita no tan bonita y no apta para todo el mundo, pero que a mi me parece muy interesante. Me refiero al campo de concentración de Dachau.


Al volver del viaje, obviamente tuve varias reuniones con amigos y familiares en las que me tocó hablar de lo que habíamos hecho. El tema de la visita a Dachau levantó muchas ampollas, y en algunos casos un odio hacia los alemanes de la actualidad por la pasividad de sus antepasados ante tal barbarie, que me pilló complementamente descolocada. En primer lugar, porque esa pasividad no fue tal, la resistencia alemana durante la II Guerra Mundial existió, pero se llevó a cabo sobre todo desde fuera del país por las evidentes dificultades logísticas. Segundo, porque me parece muy fácil opinar desde una posición de observador sobre reacciones individuales en una situación tan crítica.

Esta fue la única foto que hice dentro del campo de concentración de Dachau. “Un prisionero desconocido” de Fritz Koelle. En la inscripción del pedestal se puede leer “Den Toten zur Ehr,, den Lebenden zur Mahnung” (Para honrar a los muertos, para advertir a los vivos).


Todos nos tenemos en muy alta estima. Nos resulta preferible pensar que nuestra moral y nuestra ética están por encima de nuestros instintos animales. Y que estaríamos dispuestos a ser mártires por una buena causa, antes que vivir con la certeza de que somos unos cobardes. Pero lo cierto es que todos somos humanos y hace falta estar hecho de una pasta muy especial para ser héroe de la película.


Dió la casualidad de que justo el día en el que volví de Augsburgo estaban emitiendo en La Noche Temática de La 2 un especial sobre la naturaleza del mal y el documental francés Le Jeu de la Mort(El juego de la muerte), que precisamente habla sobre obediencia a la autoridad. En él 80 personas participan en la grabación de un concurso de televisión. En realidad, este programa no es real y no es más que un experimento sociológico que  analiza cómo los participantes se convierten en torturadores. El documental está muy enfocado al control que los medios de comunicación sobre los comportamientos de la gente, pero puede extrapolarse fácilmente a situaciones como las que se vivieron en la Alemania nazi. Os recomiendo mucho verlo.